sábado, 7 de julio de 2012

ESTA BIEN, HABLEMOS DE THOMAS LAROCHE-JOUVERT




                Hace unos dos años que un francés con playera, informal, el pelo revuelto y una risa contagiosa apareció por el Centro Histórico. Recuerdo que traía en su mochila unos koanes gráficos que nos mostró a todos. Se involucró muchísimo en exposiciones y lecturas de poesía proyectándonos esa fauna doméstica donde resaltaban imágenes de una ocupación silenciosa y gradual de  objetos útiles.  Su nombre es Thomas Laroche-Jouvert, ayer nos invitó finalmente a su primera exposición personal, o por lo menos para mí, la primera exposición en donde todos sus objetos readymade saltaron del dibujo a la realidad. Se podía ver en la entrada a la galería un monumental objeto hecho de madera comprimida que comúnmente llamamos Playwood. Con el poeta Pablo Bromo nos acercamos a ver su construcción y era realmente compleja. La escultura de forma oval con secciones que sobresalen es uno de sus dibujos recurrentes, es eso que llaman la firma del artista. El estilo de Thomas es inconfundible, como decía muy a título personal, veo una técnica poetica en donde los patrones normales colapsan y se puede ingresar a un universo donde se puede ver el paso de la imaginación, el producto de la observación continua de objetos germinando como en un gran trópico. 
Me gustó por ejemplo encontrar dentro de estos universos, dispersiones de madera, sujetos germinando como si un espíritu vegetal, técnico y a la vez aleatorio resurgiera en forma de máquinas lúdicas, formas que ya había visto, de otra forma, en la barroca fusión de imágenes de artistas como Marlov Barrios o algunos genios naife del graffiti.  La galería Piegatto esta detrás de un parquecito muy reservado, es una galería en la zona 10 que antes que ese sustantivo snob es una casa donde uno ve arte. Los monstruos felices de Thomas estaban por todos lados. Hombres y mujeres entraban por esas puertas donde uno se empezaba a perder desde la entrada con rostros de amigos y, siempre alguna musa sonriente, que con esas erosiones del tiempo y el viento nos puede devolver a una realidad sorprendente. La belleza entonces estaba en esas paredes con curvas como si fuera el blanco intenso una proyección del interior de una nave espacial.
Felizmente disfruté de la conversación interesante con Bromo y Jorge de León, y el sueño de este último de devolverle algo de lo transgresor y propositivo a las más de cien casas abandonadas en la zona uno.  A mi se me volteó un vino, a otros se les perdió la vocación del silencio, y entre bocadillos de kiwi y pitahaya probamos de todos los tragos, el final fue ese, la nave despegó, yo me puse mi casco plateado, ajusté el cinturón y partí dichoso hablando también entre otras cosas del próximo premio Nobel con David Marin que hacía digerible para todos  el Boson de Higgs.
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